El Baile del Escorpión

"Te tomé de los hombros y te quedaste mirándome fijamente. Sin parpadear. Me dí cuenta de que la mirada del Escorpión es más aguda que el veneno que recorre sus entrañas. Pero luego cambiaste el tema, sonreíste, parpadeaste y se perdió la adrenalina del momento. Te llevé a un parque olvidado y polvoriento que nos quedaba cerca, y ahí nos sentamos en una banca. Entre el momento en que nos sentamos y el momento que nos besamos pasaron unos 10 minutos, durante los cuales hablamos de cosas que no sirven para nada.

Luego llegó, elegante e inevitable, el beso.

El Beso me hizo pensar, por momentos, que estaba perdido. Que la sustancia tóxica activa que llevabas en tu cuerpo arácnido estaba adentrándose lentamente en mis entrañas. Y ni eso me hizo apartarme de tí, porque nadie me dijo nunca que el veneno que una Escorpiona transmite cuando te besa es increíblemente adictivo, para aquellos que de cualquier manera ya están condenados."


Rocalfo.

lunes, 28 de abril de 2014

Del dicho al hecho...

Ese día, ciertamente, nada de lo que ocurrido había sido vislumbrado por mi mente, ni siquiera entre mis desvaríos más decadentes. Sin embargo, no descarto alguna pincelada de nostalgia o melancolía, sustantivos abstractos tan materializados en mí, tan bien versados por Lord Irresolute. Y, he de admitir, difiero con él sobre nuestro primer encuentro, y así, pongo en duda su impecable memoria.
Ese día, el día de nuestro primer encuentro, definitivamente vagaba por los prados de la universidad, qué más podía hacer antes del mediodía. Aún no usaba gafas todos los días, sólo en ocasiones. Y, definitivamente, mis senos ya eran prominentes, por lo cual mis problemas de pantalones ya eran imperantes, para mí y para el resto del mundo.

Fue hace ya casi cinco años, nuestro primer año en la licenciatura. Mi primo estaba bajo el maravilloso régimen metabólico de los imanes, tú, tú conservabas el aire infantil que desvanece la pubertad. Pasé por el edificio cincuenta y cuatro o cincuenta y dos, ¿importa? Estabas en una de las jardineras, proveyendo a toda la flora de dióxido de carbono con las donitas de humo. Desde ese día te veo como fuente de pecado: fumabas, era un hecho; tomabas, al igual que mi primo, si no es que con mayor maestría; y, bueno, tu sexualidad, para ese entonces, era un mito, uno que muchos quisieron comprobar y otros hasta romper, un mito que terminó sumando una importante lista de especímenes. ¿Hombres o mujeres? ¡Acaso importa? ¡Para nada!

No preguntaste mucho sobre mí, bastó con saber que era familia de un amigo tuyo, por más duda que cupiera, lo aceptaste. Supiste mi nombre, sobre mi problema de hombres y un poco de mi carrera, mi carrera. ¡Qué ruido te hizo cuando te emparentaste con él! Y fue hasta entonces, hasta que te atascaste en hiel, que te interesó del todo la retórica y poética y que podían llegar a escurrir de mi pluma o de mi boca. Después, te atrajo más la ponzoña de mi boca y el dolor de mis letras. Después, formaste un universo para él sin abandonar tus caóticas amistades, tus contaminados vínculos sociales que enmohecían cada vez más y sin parar.

No ha pasado mucho desde entonces, bueno, sí: la soledad. Ésa que intenta curarlo todo y al menor descuido nos embriaga de rencor. No es mucho tiempo, sí, muchos recuerdos. ¿Hasta qué punto todo ha sido un desperdicio? Yo me lo cuestiono todavía.

1 comentario:

  1. Mil perdones, mi amada Lady Unmet, si le he llegado a ofender con mi falta de memoria. Tiene usted toda la razón, nuestra historia es más vieja que el origen de mi pudredumbre.

    Cariños.

    Lord Irresolute

    ResponderEliminar