Ese día, ciertamente, nada de lo que ocurrido había sido vislumbrado
por mi mente, ni siquiera entre mis desvaríos más decadentes. Sin embargo, no
descarto alguna pincelada de nostalgia o melancolía, sustantivos abstractos tan
materializados en mí, tan bien versados por Lord Irresolute. Y, he de admitir,
difiero con él sobre nuestro primer encuentro, y así, pongo en duda su
impecable memoria.
Ese día, el día de nuestro primer encuentro, definitivamente
vagaba por los prados de la universidad, qué más podía hacer antes del mediodía.
Aún no usaba gafas todos los días, sólo en ocasiones. Y, definitivamente, mis
senos ya eran prominentes, por lo cual mis problemas de pantalones ya eran
imperantes, para mí y para el resto del mundo.
Fue hace ya casi cinco años, nuestro primer año en la
licenciatura. Mi primo estaba bajo el maravilloso régimen metabólico de los
imanes, tú, tú conservabas el aire infantil que desvanece la pubertad. Pasé por
el edificio cincuenta y cuatro o cincuenta y dos, ¿importa? Estabas en una de
las jardineras, proveyendo a toda la flora de dióxido de carbono con las
donitas de humo. Desde ese día te veo como fuente de pecado: fumabas, era un
hecho; tomabas, al igual que mi primo, si no es que con mayor maestría; y,
bueno, tu sexualidad, para ese entonces, era un mito, uno que muchos quisieron
comprobar y otros hasta romper, un mito que terminó sumando una importante
lista de especímenes. ¿Hombres o mujeres? ¡Acaso importa? ¡Para nada!
No preguntaste mucho sobre mí, bastó con saber que era
familia de un amigo tuyo, por más duda que cupiera, lo aceptaste. Supiste mi
nombre, sobre mi problema de hombres y un poco de mi carrera, mi carrera. ¡Qué
ruido te hizo cuando te emparentaste con él! Y fue hasta entonces, hasta que te
atascaste en hiel, que te interesó del todo la retórica y poética y que podían
llegar a escurrir de mi pluma o de mi boca. Después, te atrajo más la ponzoña
de mi boca y el dolor de mis letras. Después, formaste un universo para él sin
abandonar tus caóticas amistades, tus contaminados vínculos sociales que enmohecían
cada vez más y sin parar.
No ha pasado mucho desde entonces, bueno, sí: la soledad. Ésa
que intenta curarlo todo y al menor descuido nos embriaga de rencor. No es
mucho tiempo, sí, muchos recuerdos. ¿Hasta qué punto todo ha sido un
desperdicio? Yo me lo cuestiono todavía.
Mil perdones, mi amada Lady Unmet, si le he llegado a ofender con mi falta de memoria. Tiene usted toda la razón, nuestra historia es más vieja que el origen de mi pudredumbre.
ResponderEliminarCariños.
Lord Irresolute