-II-
13 de marzo de 2008
A un año, mi vida, a un año de conocerte, de ser el hombre más feliz del mundo, de haber probado tus mieles y de ser merecedor de ellas. Mi chiquita, yo sé que hemos tenido momentos difíciles, como toda pareja, pero mejoraré, por ti, para nosotros, porque tú, mi muñequita, llevas dentro un muñequito, sí, nuestro bebé… D. A. J.
Un año dos meses después… rin… rin… (Tono de llamada entrante).
-¿Si, bueno?
-Hola.
-¿Qué necesitas?
-Necesito que me dejes en paz, ya quiero mi libertad, no quiero pensarte, ni olerte entre los jardines de mis recuerdos, necesito que me olvides.
-¿Crees que yo no quiero lo mismo? Estas mal, David, muy mal, ¿cómo pretendes mandar al carajo dos años conmigo? ¿Con qué cara me reclamas tu libertad, siendo que tú me quitaste la mía? ¿Acaso no recuerdas tus faltas, tu poca moral?
-Ya, basta. Hazte a la idea de que tú y yo ya no tenemos nada que ver. Yo no te quite nada, las gracias deberías dar, por mí eres la mujer cálida y perfeccionista, ¿o no te alaban todos eso? Yo no tengo ningún pendiente contigo, así que, ¡bórrate!
-¿Ah no? Entonces, ¡devuélveme a mi niño!
-¡¡Tú jamás me dijiste que ibas para los tres meses!!
Tuuu… tuuu… tuuu… (Tono de línea cortada).
Hace ya tanto, tanto tiempo, tantos días, tanto llanto. Hoy te vi, ni niño. Tú, mi pequeño bebé, no tenías la culpa de nada, de mi irresponsabilidad, de lo poco hombre de tu padre. Tú tenías que nacer, tenías que ser mi alegría; tenías que evitar que yo fuera, lo que ahora soy; una mujer de nadie, una mujer que cree poder hacer su voluntad con cuanto hombre se le encara. Tu madre, hijo mío, no es nada. Es restos de una chica soñada, soñada con un amor que nunca existió.
Fue en febrero del 2008, yo era todavía una niña, no puedo negarlo, lo novato se me veía en los labios, en las palabras, en los abrazos. Descubriendo las mieles del amor y a la par, la traición de un hombre, la desilusión. Fue cuando David y yo, nos enteramos de que pronto seríamos padres. Pero antes de tener padres, hijo mío, ya eras víctima del divorcio, con una madrastra. David deseaba irse a Jalisco, a continuar sus estudios, a olvidarse de mí, a encontrarse con Mónica, su nueva conquista. Y retiembla tu voz en mi mente, David…
-Te vas conmigo para allá, yo voy a trabajar y a estudiar, vas a tener al niño, pero nadie sabrá nada. Cuando me gradúe le contaremos a mi familia, se alegrarán y mi chiquito tendrá un hogar aunque no estemos juntos. Eso sí, tú tienes que olvidarte de tu madre, porque nadie debe de saber dónde estás.
-Estás idiota, David, yo no me muevo de aquí. Vas y con los huevos en la mano, le dices al mundo lo que hicimos, porque estamos igual de jodidos los dos. ¿Cómo pretendes ocultar un niño? No tienes cerebro, ¿verdad?
-Mira, hay de dos, aceptas lo que te ofrezco, o hallamos otro medio para no dejar nuestros planes truncados.
-¿A qué te refieres?
Yo sabía de qué hablaba, pero ¿qué hacía? Dejé todo por él, a mi familia y amigos, lo obedecí, por dos semanas tome mil porquerías que tu padre me dio, hierbas, pastillas, golpes… perdóname, mi amor; perdóname, mi niño.
Para marzo del 2008 yo, yo ya no te alojaba en mi vientre, ahora tu casita, estaba hecha pedazos, pedazos que junto a tus restos salieron poco a poco de mí. Pérdida que me dolió sangre, que me costó agonía. David, se enteró después de la nota que me envió, yo ya no sabía nada de él, pero tú ya no estabas, y pensé que era lo mejor. No existía nada que nos uniera, haríamos cada uno su vida muy lejos del otro. En abril, él me dijo que me hiciera otra prueba de sangre, para asegurarnos de que ya no existías, de que no estorbarías, de que ya no éramos nada.
David no me acompañó a la clínica, estaba muy ocupado, “enfermo” con su enfermera, en Jalisco. De nuevo fui sola, esperé sola, y lloré igual de sola. Al regreso de tu padre, me encontraba de nuevo tranquila, no me pesabas, porque siempre creí fue lo mejor para ti; pero él vino por mí, para trazar una nueva ruta a mi lado, y no se lo permití. Desde entonces hasta ahora, mi niño, tu padre no deja de reprocharme tanto, de echarme en cara la mala mujer que he sido, la basura de ser humano que fui. Si David supiera lo que soy ahora -¡ja!- esta vez no me la perdonaría.
Tengo que irme, mi bebé, pero antes de lo que te imagines, estaremos hablando como hoy. Me espera mi Leoncito. Sí, Rafa, tu madre no cambia y cambiará.
