El Baile del Escorpión

"Te tomé de los hombros y te quedaste mirándome fijamente. Sin parpadear. Me dí cuenta de que la mirada del Escorpión es más aguda que el veneno que recorre sus entrañas. Pero luego cambiaste el tema, sonreíste, parpadeaste y se perdió la adrenalina del momento. Te llevé a un parque olvidado y polvoriento que nos quedaba cerca, y ahí nos sentamos en una banca. Entre el momento en que nos sentamos y el momento que nos besamos pasaron unos 10 minutos, durante los cuales hablamos de cosas que no sirven para nada.

Luego llegó, elegante e inevitable, el beso.

El Beso me hizo pensar, por momentos, que estaba perdido. Que la sustancia tóxica activa que llevabas en tu cuerpo arácnido estaba adentrándose lentamente en mis entrañas. Y ni eso me hizo apartarme de tí, porque nadie me dijo nunca que el veneno que una Escorpiona transmite cuando te besa es increíblemente adictivo, para aquellos que de cualquier manera ya están condenados."


Rocalfo.

lunes, 5 de octubre de 2009

Los prados secos de tu mente

¿Recuerdas aquella mañana? Ja ja ja… yo sí, como si fuera ayer. Aquel revolcón que nos dimos en los prados ya secos del colegio. Tentación, esa divina palabra que movió tu mundo por completo, sabes a qué me refiero.




-          Darla, ¿te puedo decir algo?

-          Adelante Gabo, dime.

-          Te traigo tentación.



Mi mundo también sufrió mil y un desastres, aunque he de admitir, no tan estrepitosos y alienígenas como los tuyos. Al ponerme en tus zapatos, veo lo difícil de tu situación: “Tengo novia y deseo a otra”, y no a cualquier otra, es necesario agregar, nada más ni menos que a tu estrellita no fugaz, aquélla que dijiste te duraría por siempre e iluminaría tus cielos toda la vida. Creo que lo he cumplido, desde hace ya casi 8 meses, bien aderezados a punta de besos, abrazos, endulzamientos de oído y, por supuesto, peleas; no me he separado de ti. Iniciaste como un pretendiente, y ahora, eres uno más de ese montón que me busca cuando sus novias no los llenan. ¿Sabes algo? No olvido la mañana en que tus manos se perdieron bajo una sudadera rosa y mi apretada blusa azul, tus manos no podían parar, mucho menos tus labios que por más delicadeza que disimulaban terminaron descubriendo puntiagudos dientes moliendo a mordidas mi pecho y mi torso. Tus ojos perdidos, vaya que en blanco estaban, por supuesto que no la creías, no podías. Todavía en mi mente tus palabras hacen eco, sabes a lo que me refiero,  ¿cierto? Digno cobarde, hunde tu cabeza, esconde tu vergüenza en lo más profundo de tus hombros. Mira que la infidelidad es para profesionales, no para aficionados como tú; personas torpes en el arte de las maniobras pasionales.



-          Darla, no cabe duda, después de esto me queda claro lo mucho que amo a mi novia.

-          Bueno, y ¿por qué lo dices mijo?

-          Porque a mí me llena su alma, y no su cuerpo. Por lo mucho que he resistido a su lado, sin nada más que sus clásicos, pero tiernos besos.



¡Ay corazón!, ¡qué risa me dio! Tú me buscaste precisamente por eso, porque ella te aburrió, porque necesitabas más, y eso, yo te lo di. No has entendido, que de mí nadie se olvida, que mis besos son adicción pura, no has aceptado que tú necesitas a una mujer y no a una niña. Tú, vida mía, tú, no la amas, quieres protegerla no hay duda, quieres sentirte amado y quién mejor para demostrarlo que una mocosa de quince años, de esas simplonas que se esclavizan ante un falso dios, ante un falso amor que las transforma a su antojo y las domina, a su primer amor. Sabes que no me equivoco, que los oídos te sangran ahora mismo;  sabes que yo jamás seré “tu niña”, porque yo, yo no soy de cualquiera, puedo llenarme de situaciones banales, pero ninguno de los tuyos saciará mi alma, porque ninguno tiene las suficientes agallas para hacerlo, porque ninguno, ninguno, puede reparar los daños que otro hizo. Lo intentaste, aún así, terminaste siendo tan poquita cosa para mí. ¿Qué se siente, haberlo dado todo y quedar en ceros? ¿Qué se siente, amar perdidamente y sólo ser deseado y si es que lo eres? Ves entonces por qué me alimento de sus desdichas, porque no me importa ser la zorra o la puta, al fin y al cabo son míos, míos, repito. Sus mujeres los creen perfectos, los creen morales y caballeros, cuando en realidad van y se refugian en mi cuerpo, en los placeres mundanos de la vida. ¿O no Paco?

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