Me encanta que beses mis mejillas, mi rostro en general; claro, sin rozar más que las orillas de mis labios, no hagamos a la gente murmurar; rodeas mi cuello de tus mieles y mi oído se encandila con el tronar de tu boca, ese choque irremediable. Me encanta que me abraces, que me estrujes, que me ames… que de la nada me dejes sin aire; que te aferres a mí como un niño a las faldas de su madre, que en mi aliento, tú encuentres respuesta a aquellas vanas fantasías que reprimes por estar con ella. A fin de cuentas, dime, ¿quién es ella en tu vida? Si soy yo la que te baña en caricias, la que despierta ese apetito, la que incita aquel felino enjaulado; a la que celas y defiendes a pesar de cualquiera. ¡Responde! ¿Quién es ella? Yo soy quien vuelve realidad tu mundo; tu consuelo, tal vez no el único, pero si el incondicional refugio, ¿a quién más sino a mí debes ofrecer el sublime sentimiento tuyo? No digas más amado amante… no digas más, que todo lo sé… sábete únicamente que mi sentir como llegó se puede ir…
Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera.
El Baile del Escorpión
"Te tomé de los hombros y te quedaste mirándome fijamente. Sin parpadear. Me dí cuenta de que la mirada del Escorpión es más aguda que el veneno que recorre sus entrañas. Pero luego cambiaste el tema, sonreíste, parpadeaste y se perdió la adrenalina del momento. Te llevé a un parque olvidado y polvoriento que nos quedaba cerca, y ahí nos sentamos en una banca. Entre el momento en que nos sentamos y el momento que nos besamos pasaron unos 10 minutos, durante los cuales hablamos de cosas que no sirven para nada.
Luego llegó, elegante e inevitable, el beso.
El Beso me hizo pensar, por momentos, que estaba perdido. Que la sustancia tóxica activa que llevabas en tu cuerpo arácnido estaba adentrándose lentamente en mis entrañas. Y ni eso me hizo apartarme de tí, porque nadie me dijo nunca que el veneno que una Escorpiona transmite cuando te besa es increíblemente adictivo, para aquellos que de cualquier manera ya están condenados."
Rocalfo.
Luego llegó, elegante e inevitable, el beso.
El Beso me hizo pensar, por momentos, que estaba perdido. Que la sustancia tóxica activa que llevabas en tu cuerpo arácnido estaba adentrándose lentamente en mis entrañas. Y ni eso me hizo apartarme de tí, porque nadie me dijo nunca que el veneno que una Escorpiona transmite cuando te besa es increíblemente adictivo, para aquellos que de cualquier manera ya están condenados."
Rocalfo.
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