Ayer, alrededor del mediodía sonó el teléfono augurando una nada linda o amabilísima noticia, un funeral. Ayer a estas mismas horas yo iba rumbo a la Funeraria Hernández , ubicada en Barragán. El día estuvo lluvioso y la noche era cobijada por un frío locuaz que se pelaba por debajo de las faldas y el entrepiernado de los caballeros; abrazar nuestros cuerpos no era suficiente, nos decidimos a entrar, y casi nos da el válgame con el montonal de gente, para acabarla todos de rancho. Tremenda juntación, antes ya hecha, nunca imaginada de nuevo. Mezquitillo, Cañitas, Fresnillo y, por supuesto, Aguascalientes hacían presencia. Mis ojos no pudieron evitar ver el nacuérrimo ambiente engalanado, claro, por mis siempre rascuachos primos y su finura de señoras. Sin duda parecía un baile de pueblo, tan poca educación mostraron, que a mi andar, todos se quedaban en pleno sofoco, de milagro los indefendibles y nada elegantes varones pudieron con aquella situación de bochornísimo. A todo esto, ni he mencionado al culpable de este circo; el marido de la hermana de mi bisabuela, o sea, el tío de mis tías abuelas.
Era increíble ver aquel mar de generaciones unidas, los más lejanos parientes lloriqueando sin ton ni son; mientras tanto, las nietas en proceso de ligue o faje, lo que primero se diera. Al entrar propiamente al cuartito de velación, no a la sala donde fui victima de dicho porqueral, cumplimos con los requisitos de cortesía, un saludo muy respetuoso a todos los que ahogan la sala y nos hacían el favor de realizar el saludable intercambio de alientos. Inició la ronda de saludos, abrazos y besos, que si las hijas, que si los nietos, que si los hermanos, que si la viuda… ¡la viuda! ¿Dónde estaba la viuda? La viuda estaba en su casa, derramando bilis porque al hombrezuelo de su marido (por no repetir palabras en las que ella ponía en duda sus preferencias y actividades sexuales) se le ocurrió morirse; al muy osado se le dio la reverenda gana de antiagobiarse e iniciar la jubilada de su matrimonio, iniciando sus infielatorios pachangones con las abuelitas ya cascaloteadas del más allá.
Durante toda esta curiosoide noche, me di cuenta de que nos es más que imposible no apoderarnos de las penas de los otros. En cuanto di el primer abrazo a las ahora huerfanas afectadas, demás de mega empastilladas ¡zaz! Que mi garganta se cierra y los ojos se llenan de un líquido que los tiñe medio rojillos. Es tan, tan, pero tan, tontisimísimo preguntar a los antagonistas: ¿Cómo están? ¿Qué tal siguen?; ¿Así o más oportunos? Mi madre no dejó descansar los lagrimales en toda la noche, al igual, que no dejó de presentarme a todo él que se le atravesaba y obstruía su panorama VIP a la cajita del difunto. Al inicio del nuevo día partimos a nuestro hogar, al igual que toda la sala que nos hizo el favor de aparentar. La familia se quedó sola, y entonces pensé: “¿De qué le sirvió al maestro (porque el señor fue catedrático) dedicar su vida a la sociedad?”. Se acabó la fiesta ¡ah no! Hoy de nuevo al mismo dramononón.

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