
Un día de abril, dolida por mal de amores, le pregunté a una querida amiga: “Dime, ¿Dónde están los milagros hoy en día? Porque en mi vida únicamente existe dolor y angustia”. Ella me respondió: “Vane, ¿sabes cuál es el verdadero milagro de esta vida? El sufrir por un amor y todavía así tener el anhelo de volver amar, el azotar tu espíritu por una persona y aunque ella te desilusione, tú seas capaz de volver a amar, de ir pegando poco a poquito cada pedacito de tu alma para entregarla a alguien más”.
Sus palabras en el momento no me reconfortaron, yo no creía en volver a enamorarme, había entregado todo y hasta lo que en mis manos no estaba, tenía en mi cuerpo un corazón, que como fuente, no paraba de fluir el agua y se dejaba llevar por la corriente. Transcurrió el tiempo y con él mi dolor, mis noches de insomnio, cada grito asfixiante; por mi vida desfilaron variadas personalidades masculinas, prometiendo un futuro mejor, prometiendo llenarme de ellos, de su esencia; regalarme sus sueños y contemplarme en sus planes, eran sus prioridades, su estandarte, su bandera; yo no era otra conquista para agregar a la lista, todos mentían y como fueron llegando, así mismo sola me dejaron. De repente llegaba un vago recuerdo de aquel hombre que se llevó mi vida dejando miseria y amargura; me daban ganas de correr a sus brazos, degustar sus labios, de ahogarme con su lengua en mi garganta, sin embargo, no podía, algo en mí ya no me permitía volver a la agonía, a su dulce infierno. Venían cosas nuevas para mí, sólo en eso quería pensar y no más.
Las horas se hacían más cortas y con ellas mis vacaciones terminarían anunciando mi entrada a la universidad, desde el primer momento que mi pie tocó aquel verdísimo pasto, siendo ya alumna oficial de mi ahora máxima casa de estudios, las brisas me dieron un fuerte abrazo erizando mi cuerpo, los salones y edificios bañados en calidad y prestigio parecían todavía más altos, mi cuello no soportaba eso, mas mi rostro disfrutaba tanto el panorama, el orgullo que en mi boca se reflejó en forma de sonrisa era augurio de prosperidad. Entonces fue cuando su aura se topó con la mía, su mirada se clavó en mis ojos, mis mejillas hervían y no paraba de reír; su nombre único e irrepetible para mí, después de él no habría nada más. Al presentarnos, su mano se robó la mía, y ambas nos pedían no dejar de estrecharlas, por fin estaban juntas, años esperando el encuentro no eran merecedoras de un cortante desplante, sin embargo nosotros no fuimos los causantes de su despedida. El primer día de clases de la nada nos abrazamos, un abrazo lleno de comodidad sazonado con una curiosa pero divertida charla, dicho gesto dio pie a conversaciones después de clases, detrás de la Biblioteca Central justo en el Jardín de las Banderas, dos o tres horas hablando de todo y de nada, hace casi dos semanas un miércoles nos revelamos el gusto del uno por el otro, el jueves cuanto nos queríamos y el viernes me propusiste ser tu dama. ¿Cómo decir que no? Después de tantos coqueteos, de dedicarle escritos al contenido de mis ojos, de sonrojarme en cada una de las clases, de sentir tu cuerpo temblando, después de estremecer mi vientre. Un destello salía de mi mirada proyectando por fin el contenido de mi alma, mis amigas lo notaban, encantas disfrutaban de mi amor y tranquilidad. Me presumiste entre los tuyos, me sentía contenta, parte de tu vida, pero nada es perfecto.
Hoy terminamos, una discusión por tu migraña fue el tronco que desprendió montones de sentimientos en cada rama, miles de conclusiones relacionadas con tu ego, algunas lágrimas y un último beso; argumentaste que eras tú y no yo… ¿Qué crees? No te creí. Tal vez te pedí lo innecesario, te asusté, te atosigué, en fin, no lo sé. Me fui antes de llorar y tener que rogarte que no me abandonaras, que no permitieras que ese miedo a la soledad me hiciera caer en los brazos del demonio otra vez… pero así debe de ser, tal vez ésto jamás debió ser; dejé tu cálido abrazo, ya no escucharía jamás ese inquieto corazón que hoy no dijo nada, y por única ocasión tus labios no temblaron al besarme, en mis ojos ya no hay nada, se rompió el espejo en el que te reflejabas, el lago donde veías tus profundos deseos. Di el primer paso, mi cabeza cayó y con ella una pequeña gota de amor.
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