El Baile del Escorpión

"Te tomé de los hombros y te quedaste mirándome fijamente. Sin parpadear. Me dí cuenta de que la mirada del Escorpión es más aguda que el veneno que recorre sus entrañas. Pero luego cambiaste el tema, sonreíste, parpadeaste y se perdió la adrenalina del momento. Te llevé a un parque olvidado y polvoriento que nos quedaba cerca, y ahí nos sentamos en una banca. Entre el momento en que nos sentamos y el momento que nos besamos pasaron unos 10 minutos, durante los cuales hablamos de cosas que no sirven para nada.

Luego llegó, elegante e inevitable, el beso.

El Beso me hizo pensar, por momentos, que estaba perdido. Que la sustancia tóxica activa que llevabas en tu cuerpo arácnido estaba adentrándose lentamente en mis entrañas. Y ni eso me hizo apartarme de tí, porque nadie me dijo nunca que el veneno que una Escorpiona transmite cuando te besa es increíblemente adictivo, para aquellos que de cualquier manera ya están condenados."


Rocalfo.

martes, 29 de septiembre de 2009

En el Funeral

 


Ayer, alrededor del mediodía sonó el teléfono augurando una nada linda o amabilísima noticia, un funeral. Ayer a estas mismas horas yo iba rumbo a la Funeraria Hernández, ubicada en Barragán. El día estuvo lluvioso y la noche era cobijada por un frío locuaz que se pelaba por debajo de las faldas y el entrepiernado de los caballeros; abrazar nuestros cuerpos no era suficiente, nos decidimos a entrar, y casi nos da el válgame con el montonal  de gente, para acabarla todos de rancho. Tremenda juntación, antes ya hecha, nunca imaginada de nuevo. Mezquitillo, Cañitas, Fresnillo y, por supuesto, Aguascalientes hacían presencia. Mis ojos no pudieron evitar ver el nacuérrimo ambiente engalanado, claro, por mis siempre rascuachos primos y su finura de señoras. Sin duda parecía un baile  de pueblo, tan poca educación mostraron, que a mi andar, todos se quedaban en pleno sofoco, de milagro los indefendibles y nada elegantes varones  pudieron con aquella situación de bochornísimo. A todo esto, ni he mencionado al culpable de este circo; el marido de la hermana de mi bisabuela, o sea, el tío de mis tías abuelas.



Era increíble ver aquel mar de generaciones unidas, los más lejanos parientes lloriqueando sin ton ni son; mientras tanto, las nietas en proceso de ligue o faje, lo que primero se diera. Al entrar propiamente al cuartito de velación, no a la sala donde fui victima de dicho porqueral, cumplimos con los requisitos de cortesía, un saludo muy respetuoso a todos los que ahogan la sala y nos hacían el favor de realizar el saludable intercambio de alientos. Inició la ronda de saludos, abrazos y besos, que si las hijas, que si los nietos, que si los hermanos, que si la viuda… ¡la viuda! ¿Dónde estaba la viuda? La viuda estaba en su casa, derramando bilis porque al hombrezuelo de su marido (por no repetir palabras en las que ella ponía en duda sus preferencias y actividades sexuales) se le ocurrió morirse; al muy osado se le dio la reverenda gana de antiagobiarse e iniciar la jubilada de su matrimonio, iniciando sus infielatorios pachangones con las abuelitas ya cascaloteadas del más allá. 



Durante toda esta curiosoide noche, me di cuenta de que nos es más que imposible no apoderarnos de las penas de los otros. En cuanto di el primer abrazo a las ahora huerfanas afectadas, demás de mega empastilladas ¡zaz! Que mi garganta se cierra y los ojos se llenan de un líquido que los tiñe medio rojillos. Es tan, tan, pero tan, tontisimísimo preguntar a los antagonistas: ¿Cómo están? ¿Qué tal siguen?; ¿Así o más oportunos? Mi madre no dejó descansar los lagrimales en toda la noche, al igual, que no dejó de presentarme a todo él que se le atravesaba y obstruía su panorama VIP a la cajita del difunto. Al inicio del nuevo día partimos a nuestro hogar, al igual que toda la sala que nos hizo el favor de aparentar. La familia se quedó sola, y entonces pensé: “¿De qué le sirvió al maestro (porque el señor fue catedrático) dedicar su vida a la sociedad?”. Se acabó la fiesta ¡ah no! Hoy de nuevo al mismo dramononón.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Reproche a un amante


Me encanta que beses mis mejillas, mi rostro en general; claro, sin rozar más que las orillas de mis labios, no hagamos a la gente murmurar; rodeas mi cuello de tus mieles y mi oído se encandila con el tronar de tu boca, ese choque irremediable. Me encanta que me abraces, que me estrujes, que me ames… que de la nada me dejes sin aire; que te aferres a mí como un niño a las faldas de su madre, que en mi aliento, tú encuentres respuesta a aquellas vanas fantasías que reprimes por estar con ella. A fin de cuentas, dime, ¿quién es ella en tu vida? Si soy yo la que te baña en caricias, la que despierta ese apetito, la que incita aquel felino enjaulado; a la que celas y defiendes a pesar de cualquiera. ¡Responde! ¿Quién es ella? Yo soy quien vuelve realidad tu mundo; tu consuelo, tal vez no el único, pero si el incondicional refugio, ¿a quién más sino a mí debes ofrecer el sublime sentimiento tuyo? No digas más amado amante… no digas más, que todo lo sé… sábete únicamente que mi sentir como llegó se puede ir…

miércoles, 2 de septiembre de 2009

De vuelta a donde inicié


Un día de abril, dolida por mal de amores, le pregunté a una querida amiga: “Dime, ¿Dónde están los milagros hoy en día? Porque en mi vida únicamente existe dolor y angustia”. Ella me respondió: “Vane, ¿sabes cuál es el verdadero milagro de esta vida? El sufrir por un amor y todavía así tener el anhelo de volver amar, el azotar tu espíritu por una persona y aunque ella te desilusione, tú seas capaz de volver a amar, de ir pegando poco a poquito cada pedacito de tu alma para entregarla a alguien más”.


Sus palabras en el momento no me reconfortaron, yo no creía en volver a enamorarme, había entregado todo y hasta lo que en mis manos no estaba, tenía en mi cuerpo un corazón, que como fuente, no paraba de fluir el agua y se dejaba llevar por la corriente. Transcurrió el tiempo y con él mi dolor, mis noches de insomnio, cada grito asfixiante; por mi vida desfilaron variadas personalidades masculinas, prometiendo un futuro mejor, prometiendo llenarme de ellos, de su esencia; regalarme sus sueños y contemplarme en sus planes, eran sus prioridades, su estandarte, su bandera; yo no era otra conquista para agregar a la lista, todos mentían y como fueron llegando, así mismo sola me dejaron. De repente llegaba un vago recuerdo de aquel hombre que se llevó mi vida dejando miseria y amargura; me daban ganas de correr a sus brazos, degustar sus labios, de ahogarme con su lengua en mi garganta, sin embargo, no podía, algo en mí ya no me permitía volver a la agonía, a su dulce infierno. Venían cosas nuevas para mí, sólo en eso quería pensar y no más.


Las horas se hacían más cortas y con ellas mis vacaciones terminarían anunciando mi entrada a la universidad, desde el primer momento que mi pie tocó aquel verdísimo pasto, siendo ya alumna oficial de mi ahora máxima casa de estudios, las brisas me dieron un fuerte abrazo erizando mi cuerpo, los salones y edificios bañados en calidad y prestigio parecían todavía más altos, mi cuello no soportaba eso, mas mi rostro disfrutaba tanto el panorama, el orgullo que en mi boca se reflejó en forma de sonrisa era augurio de prosperidad. Entonces fue cuando su aura se topó con la mía, su mirada se clavó en mis ojos, mis mejillas hervían y no paraba de reír; su nombre único e irrepetible para mí, después de él no habría nada más. Al presentarnos, su mano se robó la mía, y ambas nos pedían no dejar de estrecharlas, por fin estaban juntas, años esperando el encuentro no eran merecedoras de un cortante desplante, sin embargo nosotros no fuimos los causantes de su despedida. El primer día de clases de la nada nos abrazamos, un abrazo lleno de comodidad sazonado con una curiosa pero divertida charla, dicho gesto dio pie a conversaciones después de clases, detrás de la Biblioteca Central justo en el Jardín de las Banderas, dos o tres horas hablando de todo y de nada, hace casi dos semanas un miércoles nos revelamos el gusto del uno por el otro, el jueves cuanto nos queríamos y el viernes me propusiste ser tu dama. ¿Cómo decir que no? Después de tantos coqueteos, de dedicarle escritos al contenido de mis ojos, de sonrojarme en cada una de las clases, de sentir tu cuerpo temblando, después de estremecer mi vientre. Un destello salía de mi mirada proyectando por fin el contenido de mi alma, mis amigas lo notaban, encantas disfrutaban de mi amor y tranquilidad. Me presumiste entre los tuyos, me sentía contenta, parte de tu vida, pero nada es perfecto.


Hoy terminamos, una discusión por tu migraña fue el tronco que desprendió montones de sentimientos en cada rama, miles de conclusiones relacionadas con tu ego, algunas lágrimas y un último beso; argumentaste que eras tú y no yo… ¿Qué crees? No te creí. Tal vez te pedí lo innecesario, te asusté, te atosigué, en fin, no lo sé. Me fui antes de llorar y tener que rogarte que no me abandonaras, que no permitieras que ese miedo a la soledad me hiciera caer en los brazos del demonio otra vez… pero así debe de ser, tal vez ésto jamás debió ser; dejé tu cálido abrazo, ya no escucharía jamás ese inquieto corazón que hoy no dijo nada, y por única ocasión tus labios no temblaron al besarme, en mis ojos ya no hay nada, se rompió el espejo en el que te reflejabas, el lago donde veías tus profundos deseos. Di el primer paso, mi cabeza cayó y con ella una pequeña gota de amor.